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21.5.09

Un comentario de P

P dice que escribo igual que Manuel Vilas. Una noche le dejé un libro suyo, Resurrección, y le encantó. A mí también me encanta. No creo que escribamos igual. Yo escribí antes de leerle, y él escribe desde antes de que yo naciese.

"Un libro moderno, de poesía antilírica, emotiva, que incorpora la temática urbana, con sentimientos de gran ternura." Escribe un/a anónimo/a en la contraportada, debajo de la lámina de plástico invisible.

Habla de asuntos cotidianos a través de un filtro extrasensible. O mejor, escribe desde la sensibilidad sobre los temas que le inquietan, pero apoyándose en la cotidianidad. El sexo, la muerte. Me recuerda a mi maestro de Arquitectura. En realidad se parecen, hasta físicamente. Creo que deberían conocerse, si no se conocen ya.

Las manos de las cajeras
Sólo dios sabe por qué se me regaló el don de aprenderme de memoria las manos de todas las cajeras que me han atendido y cobrado alguna vez en mi vida. Es un don inexplicable, frenético cautiverio de los ojos. Cajeras del Carrefour, del Sabeco, de Alcampo, cajeras de todas las tiendas que he visitado, llevo vuestras manos en el disco muy duro de mi memoria. Manos grandes, pequeñas, manos tristes, alianzas, adornos, uñas de todas las formas y de todos los colores, venas bajo la piel, manos atadas a una máquina registradora, manos cansadas, uñas rotas. Falanges señaladas para trabajos poco señalados. Manos siempre pulcras, manos a veces de una belleza fulminante. Manos inesperadas. Siempre que voy con el carro de la compra, y dejo el azúcar y las galletas en el mostrador, y comienza la cajera el rito de coger con sus manos mi compra, me invade una rabiosa melancolía: miro esas manos que cogen lo que compro, esas manos esclavas, las mías que también lo son, las mías que sacan billetes de una cartera, las manos de ella, con sus uñas pintadas (he visto cien mil uñas encerradas en cien mil colores), los cambios, El Rey de España pasando de mano en mano, ausente él también con su efigie narcotizada, las estúpidas galletas, la abundante azúcar. Y es entonces cuando actúa mi memoria. Allí donde sólo hay manos muy baratas en trabajos muy duros, yo me aprendo esas manos muy de memoria: dedo a dedo, alianza por alianza, uña a uña, cada falange, cada vena abandonada a su suerte, cada pliegue de la piel, cada forma delicada de los dedos.
Manuel Vilas. Resurrección

Portada de Resurrección

2 comentarios:

Clara dijo...

Uy, qué impresión, a Manuel Vilas me lo descubrió mi profe de literatura hace poco. A mí me deja destrozada. Me alegro de que te guste.

El nadador: “Ahora me acuerdo de los baños de este verano en la presa de El Grado,/ maldito bastardo, tú no puedes, no puedes acordarte de nada,/ dilo, dilo, di yo no me acuerdo de nada, de nada, de nada. Nada./ Allí estaba yo, a las ocho de la mañana, nadando/ de un extremo al otro de la presa,/ buscando la muerte por ahogamiento, la muerte grande;/ cruzando la maldita presa para saber qué es el agua,/ qué es, dios santo,/ quisiera saberlo antes de morir,/ cruzando la maldita presa, extenso,/ extenuado, cruzándola, kilómetros, kilómetros de agua santa,/ y yo en el medio, riendo, bastardo, enamorado,/ y mirando el cielo santo/ desde abajo, en mitad del cielo de abajo, santo./ Las ocho de la mañana en el verano santo, santísimo.(...)”

Tejada dijo...

:D Yo también me alegro de que te guste. El nadador es un poco triste, y me golpea el cráneo.

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