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2.2.09

Sobre la especialización y la división del conocimiento

Todos mancos

Dice el refrán que dentro de cien años todos calvos. De momento, sin esperar a que llegue la muerte, la civilización actual ya ha conseguido que todos seamos mancos, gracias a esa disparatada división de la cultura que hace que humanistas y científicos parezcan dos razas o dos humnidades que convivieran yuxtapuestas, ya que no contrapuestas.


De niños estábamos abiertos a todo: a uno le gustaban más las ciencias que las letras o viceversa, pero tenía, de todos modos, que examinarse de las unas y las otras. La Historia, la Literatura y las Matemáticas eran nuestro sino o nuestro castigo, pero todas terminaban pasando de algún modo por nuestras cabezas. Mas, asombrosamente, cuando llega el momento en que empezamos a pensar de veras, viene Santa Especialización con las divisiones y te dicen que tienes que elegir. ¿Ciencias? ¿Letras? Hay que dejar lo uno para coger lo otro. Como si todo el mundo tuviera que elegir uno de sus dos brazos al llegar a la adolescencia. Desde ese día todos somos mancos de alma. Desde entonces todos somos medio hombres. Tal vez un medio hombre magnífico, pero en todo caso con media alma renunciada.

Pero la cosa no termina ahí: unos años más tarde te obligan de nuevo a elegir dentro de lo elegido. ¿Historia? ¿Arte? ¿Románicas? ¿Modernas? O tal vez: ¿Físicas? ¿Químicas? ¿Medicina? Y dentro de ella: ¿Estomatología? ¿Endocrinología? Ahora es como si tuvieses que elegir un sólo dedo dentro del solo brazo que te había quedado activo.

Curioso mundo éste que hemos construido. Durante muchos siglos el hombre culto lo era sin adjetivos ni especializaciones. Aristóteles escribía sobre Filosofía y Ciencia. Leonardo pintaba, construía acueductos y máquinas voladoras y, al mismo tiempo, esribía tratados de arquitectura y era notario de la Señoría de Florencia. Miguel Ángel mezclaba pinceles y sonetos. Y Pascal o Descartes amaban tanto las Matemáticas como la Filosofía. Los sabios aspiraban a serlo en todas las dimensiones de la cultura y a nadie sorprendía que Galileo tocase el laúd entre dos investigaciones sobre el peso de los sólidos o la curva de los planetas.

Pero "hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad". Una barbaridad tan grande que ya no hay ser humano capaz de abarcarlas todas ni siquiera medianamente. Así que al sabio universal de ayer le ha sustituido el especialista de hoy, que es un señor que sabe cada vez más cosas sobre menos cosas; que se acerca a la perfección cuando cosigue saber casi todo sobre casi nada, y que la alcanza cuando ya sabe absolutamente todo sobre absolutamente nada. ¡Glorioso mundo éste en el que a lo más que podemos aspirar es a ser genios en una cosa y analfabetos en diez mil! Es como si jugásemos una extrañísima partida de ajedrez que tuviere un solo cuadro con una sola ficha. Eso, a no ser que apostemos por la frivolidad ambiente y acabemos siendo, como los más, conocedores de una sola cosa: la marcha del campeonato de fútbol.

Grave problema, sí, el que se les plantea a los muchachos de nuestro tiempo, aspirantes todos ellos a mancos culturales. Porque llegan a un mundo en el que privan los encasillamientos. Hace meses ganó un premio de novela un biólogo y los periodistas corrieron hacia él con sus preguntas asombradas: ¿Cómo es posible que un biólogo sepa escribir una novela? No se habrían asombrado más si llega a ganar el premio un orangután.

Es, sin embargo, un hecho que el especialismo, que nos ha impuesto el ensanchamiento de la ciencia moderna, termina por emparedarnos dentro de nuestra elección. El que ha elegido ciencias sabe que ya prácticamente sólo leerá libros de ciencias, revistas de ciencias y pasará toda su vida entre profesionales de lo mismo. Mientras, las letras se les van quedando como una mano zurda que tienen ahí, pero no les sirve para nada. Y lo mismo, sólo que al revés, ocurre a quienes eligieron profesiones humanísticas.

Y éstas todavía tienen la suerte de contar con un mejor predicamento. La gente encuentra normal que uno se haga abogado o se especialice en novela contemporánea. Pero piensa que algún tornillo le falta al que se especializa en Astrología o en el estudio de la paraproteína beta. ¿Cuántos injustos chistes no se habrán hecho sobre el investigador, al que se sitúa en una Babia permanente?

¡Qué alegría, en cambio, cuando te encuentras un especialista que no por serlo ha dejado de ser humano! Conozco a un eminente embriólogo que es especialista en Haendel. Sé de catedráticos de Griego que ocultan, con pudor, su cariño por la Botánica. Y soy muy amigo de un ilustrísimo abogado que publica sus libros de poesía con seudónimo, porque está seguro de que nadie le encargaría un pleito si sus clientes supieran que es poeta.

Puedo citar ejemplos más ilustres: ¿No es un gozo que nada menos que el director de la Real Academia de la Lengua sea un ilustre médico? ¿No consuela saber que Miguel Delibes ha sido durante muchísimos años profesor de la escuela de Comercio y que confiesa que aprendió a escribir en un tratado de Derecho de Garrigues? ¿No tenemos en Zubiri un enorme matemático? La lista, gozosamente, sería interminable. ¿Y quién no preferiría a uno de estos hombres enteros, sin mutilaciones culturales, antes que a esos ilustrísimos en una cosa, con quienes no puedes hablar sino de ella?

Me parece que a los jóvenes de hoy habría que explicarles muy bien que la especialización es algo que impone el volumen de la ciencia moderna. Pero que eso no obliga a la mutilación cultural. Que a un apasionado de la Cibernética puede entusiasmarle la pintura y que no hay contraste entre la Biología y Beethoven. Que no es lógico que a un médico o a un arquitecto tengamos que terminar regalándoles siempre bandejas de plata por temor a que los libros de literatura o los discos no les gusten. Explicarles también que no hay ciencias "buenas ni malas", puesto que todas son dignas, y que sólo es indigna la que le atrofia a uno todo el resto del alma. Enseñarles que, como los futbolistas, uno debe tener su "pierna buena", pero que ni los cojos sirven para el fútbol, ni los mancos para el baloncesto, ni los mutilados del alma para la verdadera, ancha y plural cultura.


José Luis Martín Descalzo
Razones para la alegría

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