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25.2.09

De boca del diablo

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La humanidad es pagana. Ninguna religión ha conseguido penetrarla. En el alma de un hombre vulgar tampoco reside el poder de creer en la supervivencia de esa misma alma. El hombre es un animal que se despierta, sin saber dónde, ni para qué.
"Cuando adora a los Dioses, los adora como si fueran amuletos. Su religión es un sortilegio. Así ha sido, así es y así será. Las religiones no son más que aquello que pasa de lo misterioso a lo profano, y no pueden ser entendidas como tal, porque, por naturaleza, no pueden ser algo profano.
Las religiones son símbolos, y los hombres entienden los símbolos, no como vida (que son), sino como cosas (que no pueden ser).

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Porque contradecir actos, por malos que sean, es estorbar lo que mueve el mundo, que es la acción. En cambio, contradecir ideas es dar pie a que nos abandonen, y caer en el desaliento y, de ahí, en el sueño, y, por tanto, pertenecer al mundo.

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Fernando Pessoa
La hora del diablo

25.II.09 Sol de Andalucía

Hay que ir en manga corta y protegerse con gafas de Sol. Junto al río corre una suave brisa y se puede soportar el calor. Es miércoles; son las tres de la tarde. Los sevillanos salen y entran a trabajar y los guiris disfrutan. Cuando llegue el fin de semana seguramente estará nublado. Inglesas tomando el Sol, ingleses corriendo sin camiseta, franceses haciendo el tour en barco por el Guadalquivir, una niña alemana llora bajo un gran sombrero blanco, suena música de fondo.

Enfrente la calle Betis y el Sol. Sol. Sol de Andalucía. Sol, si hubieran podido nuestros padres te hubiesen vendido al mejor postor. Así lo hicieron con nuestras playas, nuestros pueblos, nuestra cultura y nuestra memoria.

Piraguas sobre un río parado como el tiempo en la ciudad. Bicicletas que compiten con los coches acondicionados por un poco de fresco bajo el calor, y coches que compiten entre ellos por ver cuál arroja más humo sobre el ciclista.

Sol. Todo yace bajo el Sol. Sol, tus rayos son brazos fuertes que golpean 'pabajo', que aplastan contra el suelo, que me exprimen para luego poder evaporar mis líquidos.

La cultura no debería ser objeto de espectáculo. Todo es una farsa, hasta el río.

22.2.09

Asfixia





















La labor del representante de estudiantes es garantizar que éstos tengan voz, no ser la voz de los estudiantes.

La labor del representante de estudiantes es la de transmisor, no la de fuente.

21.2.09

Decepción según la RAE

Del latín deceptĭo, -ōnis

1. f. Pesar causado por un desengaño.

2. f. engaño (
falta de verdad)

16.2.09

Talento y multidisciplinariedad

La capacidad metafórica es el primer requisito del talento

La ciencia, a medida que va irrumpiendo en la cultura popular, ofrece respuestas a las mujeres y los hombres de la calle, que antes debían buscar en los protagonistas del pensamiento dogmático o en los brujos. La búsqueda del talento y la creatividad es un buen ejemplo.

¿Han oído hablar de la capacidad metafórica? Es el primer requisito del talento; la especie humana se supone que lo desarrolló hace unos cincuenta mil años. El primer día que uno de los homínidos cazadores recolectores exclamó “¡Mi hijo es más fuerte que el hierro!” estaba activando un don insospechado de mezclar dominios cerebrales distintos como el biológico –el hijo– con el dominio, hasta entonces separado, de los materiales –en este caso, el hierro–.

Cincuenta mil años después, los catedráticos utilizan una palabra para el mismo don: multidisciplinariedad. Sin ejercicio del poder metafórico o multidisciplinar no hay talento que valga.

En el cerebro existen unos circuitos por donde se activan los llamados inhibidores latentes. Las personas a quienes les funcionan adecuadamente pueden leer una novela en un tren abarrotado de gente. Se inhiben del mundanal ruido y pueden concentrarse en la lectura de la novela. Igual ocurre con los enamorados. En este caso, sus inhibidores latentes les funcionan demasiado bien, hasta tal punto de que se abstraen de todo lo demás y sólo pueden concentrarse en los supuestos atributos de la amada o el amado. Sirve de poco alertarlos de peligros reales sobre la conducta del ser amado. Sólo ven sus virtudes y se inhiben del resto.

Sin inhibidores latentes como éstos, es decir, aquellos que permitan asimilar información o conocimientos procedentes de lugares dispares, como ocurre con los artistas, no hay talento que valga.

¿Hay que decidir con el corazón o con la razón? Durante mucho tiempo se creyó que el talento era el fruto de una reflexión. Nunca se habían analizado científicamente los mecanismos intuitivos. La intuición no se consideraba siquiera conocimiento. No te podías fiar de la intuición. Más tarde, el análisis científico demostró que gran parte de la historia de la evolución transcurrió a golpe de intuición. Cuando no había tiempo para ponderar distintos factores, se tomaban decisiones intuitivamente; y la verdad es que, poco a poco, se pudo constatar que el margen de error en los procesos automatizados no era mayor, sino todo lo contrario, que el de los procesos discriminatorios, cuando había tiempo para pensar.

En los últimos años, la ciencia ha ido más lejos y ha llegado a la conclusión de que, en determinados casos, es mucho más segura la intuición que la razón. ¿Cuándo? Cuando no se dispone de toda la información necesaria. En muchas ocasiones, menos información es mejor que mucha información. Un ejemplo: ¿qué población tiene más habitantes, Toledo o Guadalajara? Si la pregunta se hace a españoles, que sobre este particular tienen bastante información, la opinión estará muy dividida. Si la misma pregunta se hace a ciudadanos franceses que han oído hablar de Toledo alguna vez estudiando la historia, pero poco más, el porcentaje de aciertos en las respuestas será, con toda probabilidad, más cercana a la realidad: Toledo.

El talento depende, por último, del coeficiente intelectual. De lo listo que sea uno. Eso es lo que se había creído siempre. Pues es falso. Resulta que el mejor jugador de hockey sobre patines lo es porque le ha dedicado al tema un promedio de diez mil horas. Lo mismo que el primer jugador de baloncesto del mundo. Lo mismo que Bill Gates a la programación de ordenadores. Sin dedicación y esfuerzo no hay talento que valga.

Leído en el blog de Eduardo Punset
Relacionado
Muy interesante la aportación de nuestra amiga C.M.: una entrevista que hace Eduardo Punset al profesor Steven Mithen sobre la evolución de la mente humana desde el desarrollo de la capacidad para la metáfora y la creatividad hace entre 60 y 150.000 de años; y las relaciones entre esta capacidad y la sociedad, cultura, arte y ciencia de nuestra especie.

13.2.09

Pequeña aportación al II Festival de Perfopoesía

12.2.09

II Festival de Perfopoesía de Sevilla





3.2.09

Vacío


2.2.09

Sobre la especialización y la división del conocimiento

Todos mancos

Dice el refrán que dentro de cien años todos calvos. De momento, sin esperar a que llegue la muerte, la civilización actual ya ha conseguido que todos seamos mancos, gracias a esa disparatada división de la cultura que hace que humanistas y científicos parezcan dos razas o dos humnidades que convivieran yuxtapuestas, ya que no contrapuestas.


De niños estábamos abiertos a todo: a uno le gustaban más las ciencias que las letras o viceversa, pero tenía, de todos modos, que examinarse de las unas y las otras. La Historia, la Literatura y las Matemáticas eran nuestro sino o nuestro castigo, pero todas terminaban pasando de algún modo por nuestras cabezas. Mas, asombrosamente, cuando llega el momento en que empezamos a pensar de veras, viene Santa Especialización con las divisiones y te dicen que tienes que elegir. ¿Ciencias? ¿Letras? Hay que dejar lo uno para coger lo otro. Como si todo el mundo tuviera que elegir uno de sus dos brazos al llegar a la adolescencia. Desde ese día todos somos mancos de alma. Desde entonces todos somos medio hombres. Tal vez un medio hombre magnífico, pero en todo caso con media alma renunciada.

Pero la cosa no termina ahí: unos años más tarde te obligan de nuevo a elegir dentro de lo elegido. ¿Historia? ¿Arte? ¿Románicas? ¿Modernas? O tal vez: ¿Físicas? ¿Químicas? ¿Medicina? Y dentro de ella: ¿Estomatología? ¿Endocrinología? Ahora es como si tuvieses que elegir un sólo dedo dentro del solo brazo que te había quedado activo.

Curioso mundo éste que hemos construido. Durante muchos siglos el hombre culto lo era sin adjetivos ni especializaciones. Aristóteles escribía sobre Filosofía y Ciencia. Leonardo pintaba, construía acueductos y máquinas voladoras y, al mismo tiempo, esribía tratados de arquitectura y era notario de la Señoría de Florencia. Miguel Ángel mezclaba pinceles y sonetos. Y Pascal o Descartes amaban tanto las Matemáticas como la Filosofía. Los sabios aspiraban a serlo en todas las dimensiones de la cultura y a nadie sorprendía que Galileo tocase el laúd entre dos investigaciones sobre el peso de los sólidos o la curva de los planetas.

Pero "hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad". Una barbaridad tan grande que ya no hay ser humano capaz de abarcarlas todas ni siquiera medianamente. Así que al sabio universal de ayer le ha sustituido el especialista de hoy, que es un señor que sabe cada vez más cosas sobre menos cosas; que se acerca a la perfección cuando cosigue saber casi todo sobre casi nada, y que la alcanza cuando ya sabe absolutamente todo sobre absolutamente nada. ¡Glorioso mundo éste en el que a lo más que podemos aspirar es a ser genios en una cosa y analfabetos en diez mil! Es como si jugásemos una extrañísima partida de ajedrez que tuviere un solo cuadro con una sola ficha. Eso, a no ser que apostemos por la frivolidad ambiente y acabemos siendo, como los más, conocedores de una sola cosa: la marcha del campeonato de fútbol.

Grave problema, sí, el que se les plantea a los muchachos de nuestro tiempo, aspirantes todos ellos a mancos culturales. Porque llegan a un mundo en el que privan los encasillamientos. Hace meses ganó un premio de novela un biólogo y los periodistas corrieron hacia él con sus preguntas asombradas: ¿Cómo es posible que un biólogo sepa escribir una novela? No se habrían asombrado más si llega a ganar el premio un orangután.

Es, sin embargo, un hecho que el especialismo, que nos ha impuesto el ensanchamiento de la ciencia moderna, termina por emparedarnos dentro de nuestra elección. El que ha elegido ciencias sabe que ya prácticamente sólo leerá libros de ciencias, revistas de ciencias y pasará toda su vida entre profesionales de lo mismo. Mientras, las letras se les van quedando como una mano zurda que tienen ahí, pero no les sirve para nada. Y lo mismo, sólo que al revés, ocurre a quienes eligieron profesiones humanísticas.

Y éstas todavía tienen la suerte de contar con un mejor predicamento. La gente encuentra normal que uno se haga abogado o se especialice en novela contemporánea. Pero piensa que algún tornillo le falta al que se especializa en Astrología o en el estudio de la paraproteína beta. ¿Cuántos injustos chistes no se habrán hecho sobre el investigador, al que se sitúa en una Babia permanente?

¡Qué alegría, en cambio, cuando te encuentras un especialista que no por serlo ha dejado de ser humano! Conozco a un eminente embriólogo que es especialista en Haendel. Sé de catedráticos de Griego que ocultan, con pudor, su cariño por la Botánica. Y soy muy amigo de un ilustrísimo abogado que publica sus libros de poesía con seudónimo, porque está seguro de que nadie le encargaría un pleito si sus clientes supieran que es poeta.

Puedo citar ejemplos más ilustres: ¿No es un gozo que nada menos que el director de la Real Academia de la Lengua sea un ilustre médico? ¿No consuela saber que Miguel Delibes ha sido durante muchísimos años profesor de la escuela de Comercio y que confiesa que aprendió a escribir en un tratado de Derecho de Garrigues? ¿No tenemos en Zubiri un enorme matemático? La lista, gozosamente, sería interminable. ¿Y quién no preferiría a uno de estos hombres enteros, sin mutilaciones culturales, antes que a esos ilustrísimos en una cosa, con quienes no puedes hablar sino de ella?

Me parece que a los jóvenes de hoy habría que explicarles muy bien que la especialización es algo que impone el volumen de la ciencia moderna. Pero que eso no obliga a la mutilación cultural. Que a un apasionado de la Cibernética puede entusiasmarle la pintura y que no hay contraste entre la Biología y Beethoven. Que no es lógico que a un médico o a un arquitecto tengamos que terminar regalándoles siempre bandejas de plata por temor a que los libros de literatura o los discos no les gusten. Explicarles también que no hay ciencias "buenas ni malas", puesto que todas son dignas, y que sólo es indigna la que le atrofia a uno todo el resto del alma. Enseñarles que, como los futbolistas, uno debe tener su "pierna buena", pero que ni los cojos sirven para el fútbol, ni los mancos para el baloncesto, ni los mutilados del alma para la verdadera, ancha y plural cultura.


José Luis Martín Descalzo
Razones para la alegría